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lunes, 19 de diciembre de 2011

EL VERDADERO PODER DE LA CONVOCATORIA***






En un gesto de pretensiones napoleónicas, la Presidente recibió uno de los símbolos de mando de las manos de su hija. Y fue ésta, una veinteañera simpática, la que le colocó la banda, sin imaginar que, a través de ese acto mínimo y por un instante, confiscaba la representación de la soberanía popular . A falta de un padre que la coronara o de un marido que, como ya había ocurrido cuatro años antes, le traspasara los atributos del poder, Cristina Fernández ordenó invertir la línea sucesoria y fue ungida a la primera magistratura por su descendiente.

Nadie, en cambio, hizo entrega del bastón , que como un bien mostrenco reposaba sobre la tarima. La reelecta jefa del Estado lo tomó y se lo confirió a sí misma. Extravagancias de una república apenas bicentenaria.

Puertas afuera, la Presidente estrenaba por primera vez una “calle” de puro cuño cristinista, organizada y ocupada por sus propias fuerzas. Las brigadas camporistas habían convocado a sus seguidores legítimos y también a aquellos a los que han beneficiado con contratos en dependencias de la administración pública. La asistencia era obligatoria. El resultado no estuvo a la altura de las circunstancias. Reforzada con la presencia de sectores del Movimiento Evita –que debieron costearse sus propios ómnibus ya que los gobernadores habían monopolizado la logística necesaria para el traslado de los camporismos provinciales– y manchones verdes de la Juventud Sindical, la corriente que en las sombras dirige Máximo Kirchner mostró que en esa media Plaza y en las raleadas hileras de manifestantes que vitorearon el paso del coche presidencial se condensaba, al día de hoy, su poder de fuego total.

Los gremios y los intendentes habían resuelto no acudir adonde no eran bienvenidos y desertaron de la celebración. Con su ausencia hacían sentir el malestar y ratificaban su resistencia a bailar al ritmo marcado por la batuta de Andrés “el Cuervo” Larroque. Ni el transporte ni los cantantes y los fuegos artificiales, gratuitos para la concurrencia pero no para el erario, habían logrado darle a la celebración un volumen que condijera con el 54 por ciento de las voluntades depositadas en las urnas.

Sin el aparato tradicional del peronismo, sin sus alas sociales, sindicales y territoriales, los jóvenes guardias de corps de Cristina Fernández y la misma Presidente podrían haber dicho, igual que Steiner en La Dolce Vita, “mi verdadero tamaño es éste”. El resto es siempre un préstamo del justicialismo.

El jueves, en la cancha de Huracán, Hugo Moyano señaló que fue a ellos, los camioneros, que durante el conflicto del campo se les pidió acudir a Entre Ríos para contrapesar el corte de los ruralistas; que a ellos, los camioneros, les pidieron cuarenta choferes que tuvieran lo que hacía falta, cuarenta voluntarios para perforar los bloqueos de las rutas y hacer llegar la carne a los supermercados amigos; que fue a ellos, los camioneros, que les pidieron nutrir con sus hombres el número, color y calor los actos oficiales. No era una búsqueda de reconocimiento por los servicios prestados. Moyano le recordaba “a quien corresponda” con qué retazos ha construído el kirchnerismo su masividad; ponía al desnudo la naturaleza dependiente de su capacidad de movilización.

Con su estadio, Moyano le planteaba una pulseada a la calle oficialista; abandonaba la “cáscara vacía” del PJ para revitalizar el peronismo; se negaba a ser “un bufón” y se proponía como polo de atracción para los ofendidos y humillados por el rodillo cristinista, clavaba una pica en Flandes y una espina en el corazón de la conductora del movimiento.

El líder de los “truckers” corre con ventajas. Sus modos, su estilo y sus conductas son de pura estirpe peronista y la legitimidad de los temas que el jueves colocó en agenda es casi inobjetable : nadie puede exigirle a la conducción gremial que se inmole sentándose a discutir paritarias con un techo del 18 por ciento presionando sobre su cabeza; nadie puede pretender que renuncie a reclamar los miles de millones de pesos que el Estado adeuda a obras sociales fundidas.

En los días previos, Julio De Vido había fracasado en el intento de convencer al dirigente de la conveniencia de no echarle más leña al fuego. “Yo a vos te creo –le habría contestado el marplatense–, pero ella es una mentirosa ”.

El domingo pasado se escribió en esta columna que “el lugar que la política destina a la oposición no quedará vacío para siempre. Si los partidos no procuran llenarlo será el sindicalismo moyanista el que lo ocupe”. Las previsiones no incluían que el primer gran encontronazo estuviera a la vuelta de la esquina, aunque de momento, no sea a la Presidente que se enfrenta Moyano sino a su irritante estrategia de la imposición. El Gobierno tomó sus palabras como una declaración de guerra. Respondió a través de otros y en pequeñas dosis, veinticuatro horas después: el viernes, mientras la Sala II de la Cámara Federal ordenaba la onerosa libertad (700.000 pesos de fianza) de Juan José Zanola, el juez Claudio Bonadio disponía el procesamiento de Roberto Nieto, administrador de la obra social de camioneros.

Los aleccionamientos, los cobros de las facturas más importantes habrían quedado diferidos hasta que el Gobierno haya consumado su propósito de declarar de interés público la producción de la pasta de celulosa, una curiosidad que no rige para el petróleo, el agua, la minería o los medicamentos. El trámite parlamentario no sería sino la antesala de un proyecto más ambicioso. El que, en estricto secreto, se prepara en la Procuración del Tesoro y se guarda bajo siete llaves en el despacho de su titular, Angela Abbona, una cordobesa afincada en Santa Cruz y procedente, como Carlos Zannini, de las filas del maoísmo, una “pingüina” de la primera hora: el texto que, basándose en el artículo 41 del proyecto de ley, decretaría la próxima expropiación de Papel Prensa .


Susana Viau

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